17 de febrero 2010

Cuando observo el vuelo rasante de los colibríes, mis ojos se llenan de luces y de colores iridiscentes que despiden sus alas que se mueven a velocidades extremas. Sí, ese es un espectáculo digno de verse. Y todas las aves en vuelo son magníficas. Recorren distancias enormes, como la mariposa monarca, cuya resistencias granítica y su orientación sin par, ya la quisiéramos los humanos para un día de fiesta. Y los habitantes de Chalco y Neza y de Angangueo y del Arenal, cuyo dolor es infinito, y que cuando las aguas comenzaron a caer a torrentes, cuando la tragedia se cernía sobre sus casas, pienso que para salvar sus vidas, para salvar sus propiedades, sus utensilios de cocina, sus camas, sus prendas de vestir, sus alimentos todos y ellos mismos, si hubieran tenido alas –soñar ante la tragedia, no cuesta nada-, a las primeras gotas, a los primeros embates naturales, sus casas completas, desplegaran sus alas y huyeran así del peligro. La horrible realidad nos dice tercamente y de siempre que la cosa no es así, que aquí en la tierra, los humanos no tenemos alas, que dependemos de nuestros brazos y piernas para tratar de correr. Nada. Los mexicas afectados comprueban una vez más que están solos, que las palabras de los políticos calderonistas suena a todo menos a canciones de cuna, suenan a amenazas y a promesas que siempre hacen, desde años y años y más años atrás. Este gobierno ha exasperado los ánimos de los mexicanos. Las condiciones de millones de trabajadores son de verdadera penuria. El presidente del empleo se dedica a golpear a los obreros, a despedirlos, a correrlos a ningunearlos. La situación es como una vez dijo el padre Camilo Torres: “con el sistema de leyes actual es imposible esperar justicia para los pobres”. Hoy, con los foxes y los calderones la justicia rápida y expedita y cabal y para el pueblo es un utopía. Hoy con este gobierno el crimen, la sangre, la impunidad, la violación a las garantías individuales, la justicia brilla por sus ausencia. Los momentos que se viven, son los mismos que dieron motivo a los revolucionarios para acabar con el régimen porfirista. Reflexionaba sobre esto cuando María, sonriente, con sus ojos de capulín, me ofrecía mis caballitos de tequila blanco. Sí, a volar con ella. ¿No? Vale. Abur.

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