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11 de noviembre 2009

Wednesday, November 11th, 2009

María me recibió con un abrazo solidario, profundo, cálido. Mi cuerpo tembló ante su mirada de mujer morena. Su cuerpo y el mío unidos en un todo complaciente cargado de amor de dos seres que son de la clase explotada. Y es que el padre de María fue uno de los trabajadores despedidos sin misericordia y que pervivía en el SME. Y ahora gracias al presidente del empleo sufre las horribles consecuencias de ser un hombre sin futuro, un hombre que dejó su vida en las labores cotidianas y como recompensa a sus desvelos, a su presencia en las instalaciones peligrosas, a trabajar colgado de los postes, de recibir los iracundos rayos de sol y maniobrar con cables de alta tensión que con cualquier descuido la vida se va en un suspiro. Y después de muchos años de trabajo, después de laborar durante tanto tiempo, ahora el señor Calderón, con la mano en la cintura lo manda a la calle, lo despide, lo ningunea, lo anula, lo sacrifica, lo vapulea, lo denigra. Y claro, el presidente el empleo no toca a los poderosos, a ellos no los despide, no les echa al ejército, no les manda a los granaderos, no los liquida con miserias ni mucho menos, no, todo lo contrario, a los ricos los apapacha, los consiente, y para colmo, sus cómplices, lo políticos mexicas, aprueban presupuestos dignos de un país explotador y entregado al capitalismo feroz

–el caso de México-, presupuesto que a los dueños de la charola del dinero no los castiga, presupuesto que agrede a las universidades públicas, a los estudiantes, a la educación y a la cultura y al campo lo azota con el látigo del desprecio. Por eso, por la injusticia y por la falta de moral republicana, María me recibía así, con los brazos abiertos para recibir algo de calor, algo de amor en estos tiempos de saqueo y de entrega de la nación mexicana a los intereses de los explotadores. Por eso María, con sus ojos negros como capulines solares y con su boca sensual y cálida me recibía así, por mi solidaridad con las desdichas de su padre trabajador y cesado ahora. Por eso María me brindaba su calor, porque ella necesitaba también calor, calor para soportar s los diputados cínicos que ganan dineros insultantes y cuyos privilegios no los tocan ni los merman. El palpitar del corazón de María es el palpitar acelerado de millones de madres mexicanas, desamparadas por el calderonismo atroz. ¡hasta cuándo aguantarán? Vale. Abur.